Este título no dice nada, nada... nada, nada, nada
Era particularmente temprano para salir, respecto a mi horario regular, pero alguna vez había que hacerlo.
El café estaba quemado, y mientras bebía esa basofia, reflexionaba sobre el sentido de mi vida, sobre si era feliz con lo que tenía o si era que quería más, o menos quizás… incluso pueden ser otras cosas. Siempre pensaba en eso.
Ya concluido el ritual del desayuno reflexivo, ajusté mi corbata frente al espejo, me revisé no tener manchas de tabaco o café en los dientes (por quincuagésima vez), agarré de la manilla el maletín, verifiqué tener documentos, llaves de la casa, llaves de la oficina, llaves del auto en los variopintos bolsillos y me puse los lentes oscuros, listo para salir a trabajar.
Pero el picaporte no abrió.
Sorprendido por el error pueril que había cometido, procedí a utilizar las llaves para destrancar la puerta que yo mismo, aparentemente, había cerrado por la noche.
Pero el picaporte no abrió, una vez más.
Atontado por el curioso incidente, rasqué mí tupida cabellera y me dediqué a pensar qué carajos era lo que estaba pasando. Volví a tratar de abrir la puerta innumerables veces, y era curioso, porque sentía como las trabas se liberaban cuando giraba el picaporte, era como que la puerta se hubiese quedado pegada al marco.
Agarré mi celular, para llamar al conserje del edificio para que me ayudase, pero el aparato no tenía señal. Varios fueron los minutos que pasé tratando de llamar a gente y golpear la puerta cuando, por el ojo mágico, se atravesaba una gentil figura. Pero era muy poco frecuente; los departamentos son de un piso completo, y parecía que nadie podía escucharme.
¡El Citófono! Y corrí a la cocina, solo para comprobar que tampoco funcionaba. Y bien; esa era mi situación; nadie sabía nada de mí, no había como contactarme… y yo no podía abrir la puta puerta.
Piso 23 ¿saltar? Ni siquiera pensarlo. Por lo demás, traté de abrir las ventanas y tampoco pude hacerlo. Consideré, incluso, romper una, pero el vidrio resistió el impacto de un reloj, un teléfono de pared de antigüedad, un velador, una silla de computador y una silla de comedor.
De pronto me vi encerrado y angustiado. No había forma de salir de ahí. Y lo peor de todo eran los golpes que me propinaba el cuidador, cuando gritaba a través de mis barrotes en medio de las lastimeras noches del Peral.