Mi nuevo auto nuevo
Bajé desde mi palmera celeste cielo solo por una razón: quería comprarme un nuevo auto nuevo. El problema radica, básicamente, en que no existe ningún auto que me convenga comprar, quizás por el problema de la baja del dolar. Aún así quería comprarme un nuevo auto nuevo. Me acerqué al consecionario más cercano, donde me atendió una especie de tiburón de traje y que pretendía, por todos los medios conocidos, hacerse mi mejor amigo.
Finalmente me compré mi nuevo auto nuevo; un bólido de 300 caballos de fuerza, con caballos de verdad. La fila de caballos era de más de 300 metros de largo, y al final, bien lejos, iba sentado yo batiendo mi látigo al viento para alcanzar los tan preciados 5o Km/H. Fue entonces que me surgió un nuevo problema; el ministro de transportes y telecomunicaciones, sin ocultar su insana envidia por mi nueva adquisición, decidió considerar cada par de patas de cada caballo que tiraba mi fórmula 1, como un eje. Y cada peaje de Santiago a Viña me costaba $400.000.
Harto de la indolencia gubernamental que sufrimos los pobres y vapuleados habitantes de nuestro planeta, vendí mi nuevo auto nuevo por Internet, con una comisión de un 12% para solo Dios sabe quién, gané casi treinta millones de dólares con la transacción... y aún así seguía endeudado.
Por la noche, cabizbajo y deprimido, volví a subir a mi palmera azul cielo, y en el viento quedaron los llantos de mi pena, por no contar con mi nuevo auto nuevo.
Finalmente me compré mi nuevo auto nuevo; un bólido de 300 caballos de fuerza, con caballos de verdad. La fila de caballos era de más de 300 metros de largo, y al final, bien lejos, iba sentado yo batiendo mi látigo al viento para alcanzar los tan preciados 5o Km/H. Fue entonces que me surgió un nuevo problema; el ministro de transportes y telecomunicaciones, sin ocultar su insana envidia por mi nueva adquisición, decidió considerar cada par de patas de cada caballo que tiraba mi fórmula 1, como un eje. Y cada peaje de Santiago a Viña me costaba $400.000.
Harto de la indolencia gubernamental que sufrimos los pobres y vapuleados habitantes de nuestro planeta, vendí mi nuevo auto nuevo por Internet, con una comisión de un 12% para solo Dios sabe quién, gané casi treinta millones de dólares con la transacción... y aún así seguía endeudado.
Por la noche, cabizbajo y deprimido, volví a subir a mi palmera azul cielo, y en el viento quedaron los llantos de mi pena, por no contar con mi nuevo auto nuevo.