INTERVENCIONISMO

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La lluvia caía pesada, refractando esa maldita luz anaranjada del alumbrado público. Las gotas explotaban y se convertían en gotitas aún más pequeñas, y se movían locamente sobre los pelillos verduzcos de los uniformes. Un perro sentado en el parque era el único testigo.

-Cabo Rodríguez...- dijo uno más gordo, orden a la que el cabo se cuadró -... Prepárese para la salida de la Presidenta- y exhaló una pesada bocanada de vapor. El buen cabo informó por radio a las unidades y, en cosa de segundos, varias balizas tiñeron de rojo las paredes, los árboles y las ventanas manchadas de condensación de la avenida Presidente Errázuriz.

Cuatro uniformados corrieron unas rejas verdes de la calle. En menos de dos segundos sale de la pequeña calle una SUV negra. De vidrios polarizados. Creo que iban cuatro personas arriba, y tras él, dos autos bajos y otra SUV negra. También de vidrios polarizados. Carabineros una vez más puso las rejas verdes en su lugar, se despidieron de un par de oficiales y se instalaron marciales en la garita de guardia, mientras el convoy se perdía hacia el occidente.

El ambiente era pesado dentro del Auto Presidencial. De hecho el silencio solo era interrumpido por las bocanadas de un cigarro del Ministro Vidal -¿Podrías dejar de hacer eso Francisco?- preguntó molesta la Presidenta. El Ministro Vidal miró con molestia, pero respetuoso, a su Presidenta y apagó el cigarro.

Dos autos más adelante, los Directors Generales de las Fuerzas Armadas leían información altamente clasificada de esas carpetas amarillas con papeles adentro. El chofer respiraba agitado, era su primer día. "Pobre muchacho", pensó el Director General de Carabineros, cuando le lanzó una mirada fulminante para ordenarle, formalmente, bajar el ritmo de su respiración.

En la punta delantera de la caravana, al costado derecho, vigilaba la condición del tránsito Jaime Guzmán, un carabinero orgulloso de su nombre y que solía acompañar a "Su Presidenta" constantemente. Y en la otra moto iba un Carabinero que "no estaba ni ahí". Ambos, sin embargo, compartían los mismos sentimientos sádicos y esperaban que esa noche fuese "esa noche" en que tendrían que arriesgar su vida por una persona tan detestable.

Finalmente, tras varios minutos de viaje por calles, autopistas y caminos de tierra, sin emitir una sola palabra, los autos se detuvieron. El taco rojo se hundió en el poco barro que había. Carabineros armados se dispusieron alrededor del auto y un edecán abrió un paraguas sobre la puerta abierta. La Presidenta había llegado. Se repitió el procedimiento con las otras autoridades presentes y el séquito republicano comenzó su marcha hacia un bosque. Del otro lado podían verse luces, como de antorchas, y cada uno de los presentes supo, en ese momento, que existía una posibilidad muy real de no salir con vida.

Tenues sombras pasaban entre los árboles, mientras el único sonido que podía oirse eran las gotas caer sobre las hojas de los árboles.

Las luces empezaban a verse mucho más cercanas, Carabineros ya conocía el procedimiento y los efectivos se adelantaban unos metros para verificar la seguridad del lugar. Finalmente, la línea de los árboles se hizo clara, y la comitiva salió del bosque el encuentro de seis hombres, extremadamente hermosos, de largas cabelleras doradas, vestidos "como de metal" y gentil aplomo que piloteaban un estupendo X-233N de asientos de cuero reclinables.

-Señora Presidenta...- dijo uno de ellos con su característica amabilidad - ¿No piensa advertirle a su gente?-

Michelle dio un paso al frente y con el ceño fruncido respondió desafiante -Ya te dije. No, hasta después de las elecciones- Se dio la media vuelta, y la comitiva regresó a sus autos.
 

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